Sábado por la mañana. Muy bien armada, emprendemos la ruta
desde Vitoria hasta
Laguardia, un paseo muy, muy agradable, de una media hora en coche, en la que me vi obligada a parar en el arcén para observar y admirar...
La previsión meterológica era lluvia pero, lejos de eso,
el sol brilló todo el día. No preguntéis por qué, pero en este punto ya estaba sobreexcitada en previsión de la que se me venía encima. O quizá era sólo que la selección musical de J en el coche me estaba llegando al alma, jaja...
Llegamos a Laguardia y, como aún era temprano, decidimos pasear por el pueblo, antes de darnos al acohol. El casco antiguo tiene mucho encanto y estaba casi vacío, nos dimos un largo paseo por él...
y llegamos hasta el mirador del pueblo, desde donde pudimos
contemplar los viñedos y las distintas
bodegas que caracterizan a este pueblo de la rioja alavesa.
Y ya sí, con ganas de probar esas uvas que me llamaban con gritos desperados,
consideramos que las 12 del mediodía era una hora más que razonable para la primera copa. ¡No en vano, en algunos países esa es ya la hora de comer !
Misión imposible: elegir sólo un pintxo. Misión imposible 2:
elegir sólo un vino. Como éramos tres, pedimos uno cada uno y los probamos todos.
Con el "modo cata" activado, nos pareció que ya era buen momento para ir a visitar bodegas, hacer pruebas y
comprar algunas botellas...
Aunque
algunos me llamaban sólo por la etiqueta y me ponían ojitos para que me los llevara a casa, esta vez actué como una "pro" y compré en función de lo que me había gustado (y económicamente podía permitirme).
Además, teníamos que guardar fuerzas y euros para
nuestro próximo destino: Haro.
De Laguardia a
Haro hay unos 40 kilómetros que yo pasé en modo hiperactivo, viendo el solazo que teníamos, los viñedos a ambos lados de la carretera y ansiosa como un perrete por bajar del coche, pensando sólo en hacer fotos de todo para el blog (esa soy yo, asumidlo).
¡¡Madre mía, Haro!! Si el refrán dice que no hay más pena que ser ciego en Granada,
no puede haber más tristeza que no te guste el vino y seas de Haro, jijiji... No os voy a colgar más fotos de pintxos y copas de vino (prometido) pero nosotros seguimos a lo nuestro. Obviamente, a media tarde no había quien cogiera el coche así que nos fuimos a visitar bodegas.
Pasamos por
Muga...
Visitamos
Viña Tondonia donde estaban de cosecha. Como yo me gradué hace mil años en
el curso de elaboradora de vino tinto, me enganché un poco a ver cómo lo hacían, confirmando si seguían los procesos que yo había aprendido, etc.. Cotilleé su despalilladora, su primera prensada y su primer encubado.
Me solté por la bodega y estuve cotilleando los vino viejunos que están ahí, embotellados y criando posos para que algún pijillo pueda usar un decantador, jaja...
Compramos una botellita cada uno y nos fuimos muy cerquita, a la bodega contigua: Roda
En Roda hicimos
una cata de vino y nos sugirieron hacer algo que no había hecho nunca:
una cata de aceite.
Nos dieron a catar dos tipos distintos y, cómo estarían de buenos, que
salimos con nuestras botellas de aceite debajo del brazo en lugar de la de vino. Eso sí, el vino de Roda me encantó, aunque se me iba un poco de mi bolsillo.
A partir de este momento, os podría enseñar mil fotos más de copas de vinos y pintxos pero ya es suficiente, ¿no?
El domingo, cuando volvíamos a Madrid, tuvimos la genial idea de salir antes y así hacer una parada para comer en
Lerma,
Burgos. Amigos de Lerma, ¡hay que cuidar esa plaza mayor! Me pareció fatal que hubiera coches aparcados en el centro de la plaza. Eso sí, de la
morcilla y las
setas de temporada disfrutamos de lo lindo.